SELECCIÓN SEMANAL – 9 de Enero 2021 – USA: El duro desafío de Biden


09 Ene . 2021

8 mins

RESUMEN SEMANAL

 

  • El legado de Trump es la sinrazón del caudillismo identitario. La inquietud que se convierte en ira no ha desaparecido como conductor del sentir norteamericano. Puede que Biden, político conciliador y bien intencionado, sea el revulsivo que requiere una sociedad herida, dividida y asustada.

 

Cuando el católico Joseph, Joe, Biden jure sobre la Biblia el próximo día 20 preservar, proteger y defender la Constitución de Estados Unidos que redactaron los Padres Fundadores en 1787 comenzará posiblemente la última oportunidad de que la sociedad abierta recupere la cordura y la concordia. La penúltima prueba de que se han perdido ambas cosas fue la toma el miércoles del Capitolio en Washington por insurrectos.

Es imprescindible que USA recobre la estabilidad

En estos tiempos tan imprevisibles e irreflexivos es imprescindible que Estados Unidos recobre la estabilidad y que el mundo libre pueda volver a fiarse del liderazgo que ejerce el inquilino de la Casa Blanca. Por eso el 46 presidente ha de poder contar con todo el apoyo posible por parte de las democracias liberales. Si la de Estados Unidos tropieza entre los pedruscos de la polarización política, se caen todas las demás. Y éstas lo saben. Los iliberales bien pueden frotarse las manos al contemplar el asalto del sistema de pesos y contrapesos que inauguró Estados Unidos.

El reto que asume Biden a sus 78 años es pavoroso porque las instituciones de Estados Unidos vacilan. Nunca ha sido tan polémica la transferencia de poder como ha resultado ser la sucesión del 45 presidente que ayer fue ratificada por el Congreso. Jamás se había cuestionado a regañadientes un resultado electoral como hasta el último momento lo ha hecho Donald Trump. Hasta su tempestuosa irrupción en la política se hacía el deportivo paripé del fair play. Han bastado cuatro años de un engreído populista en el Despacho Oval para cambiar las conductas.

Estados Unidos, partido en dos por la percepción del racismo sistémico que aviva Black Lives Matter y la de la cleptocracia elitista que espolea el populismo, ha dejado de ser la luminosa ciudad en lo alto de la montaña. Va camino de ser la «hermana» Venezuela o la Bielorrusia que tenemos más cerca. Biden asume la presidencia de un país en el cual decenas de millones admiran la anomalía autocrática de Trump.

La armonía, la honestidad y la sensatez brillan por su ausencia tanto en los cenáculos del poder de Washington como en los diners de la vecindad rural. Las asonadas no son imprevistas ni ocurren por casualidad. Se dirá ante el asalto al Capitolio que en la actual política de Estados Unidos la realidad ha superado la ficción. Pero la desafiante desconfianza que genera la fractura social tiene consecuencias que no deberían ser difíciles de anticipar.

Lo que en los últimos días ha estado en la conversación de los paisanos de Biden y de Trump pertenece a la serie de House of Cards siendo el presidente saliente tan malvado y moralmente corrupto como la pareja Frank y Claire Underwood. Biden se ha visto obligado a denunciar públicamente el obstruccionismo de los trumpianos en el Ala Oeste que deberían haber colaborado lealmente con sus equipos entrantes durante el periodo de transición.

La trastienda de Trump se asemeja a la de los impresentables Underwood del drama televisivo. A ellos no se les hubieran caído los anillos urdiendo un golpe militar. Y al todavía presidente tampoco. Los diez exsecretarios de defensa vivientes, entre ellos los veteranos halcones republicanos Dick Cheney y Donald Rumsfeld, han alertado en una carta conjunta que «los intentos de involucrar a las Fuerzas Armadas de Estados Unidos en disputas electorales nos llevan a un territorio peligroso, ilegal y anticonstitucional». Erraron el tiro porque Trump no necesitaba al ejército. Le bastaban los suyos disfrazados de búfalos.

La guinda fue la publicación la semana pasada de la transcripción de la conversación de una hora de duración que mantuvo Trump con Brad Raffensperger, que como secretario de estado en Georgia tiene responsabilidad sobre los procesos electorales en Atlanta y su territorio. Trump le hablaba como si fuese Nicolás Maduro en la bolivariana Caracas o como el comunista Alexander Lukashenko en su capital de Minsk. Desde la Casa Blanca presionó, sin éxito, a Raffensperger para que alterase el recuento de los votos en Georgia. Se supone que el desesperado, o enloquecido, presidente hizo llamadas de la misma amenazante índole a otros responsables de la limpieza electoral.

Impugnaciones fallidas

Trump ha perdido, una tras otra, todas las causas de fraude en las urnas que ha iniciado. Esta semana, precisamente en Georgia, los candidatos demócratas ganaron los últimos dos puestos en el Senado que quedaban por decidir. Sin embargo, sigue en sus trece de que le fue robada una victoria electoral que ganó por goleada. Las impugnaciones del pronto expresidente no han caído en saco roto. Un 39% del electorado estadounidense, según una última encuesta, y aún más según otras, cree que Biden ganó las presidenciales en noviembre gracias a un extendido ejercicio de estafa electoral.

Entre los aforismos que se recuerdan de James Madison, el líder, como cuarto presidente de EEUU, de la «segunda Guerra de Independencia contra el Reino Unido» que es tenido como el auténtico «padre» de la Constitución de la nueva república, está la máxima de que si los hombres fuesen ángeles no necesitarían gobiernos. Como no lo son, Madison pensaba que los sucesores de George Washington tenían que ser, al igual que el presidente fundador, personas bendecidas con las virtudes necesarias para ganarse la estima y la confianza de los demás.

Habría que retroceder treinta años y al charm de Ronald Reagan para dar con un presidente capaz de aunar voluntades transversales. Sin duda Barack Obama enardeció a muchos, pero de poco sirvió el entusiasmo que generó puesto que su legado fue la llegada al poder de Trump. Para recurrir una vez más a la pregunta de Santiago Zavala en la Conversación de la Catedral de Mario Vargas Llosa, ¿en qué momento se jodió Estados Unidos? Se dirá que la catástrofe llegó con Trump, el celebrity mediático y el outsider de la política que decía que una vez que habías conseguido ser una estrella todo te estaba permitido. Sin embargo, el presidente saliente no fue la causa del malestar sino el síntoma de un desasosiego y un desencanto generalizado. Cúlpese a la codicia de Wall Street que en 2008 hundió al Main Street, a la globalización que vació tanto tejido productivo y a la inmoderación de mucha ingeniería social que pisoteó los valores de la América profunda.

El legado de Trump es la sinrazón del caudillismo identitario y la práctica de America First, es decir nosotros primero, es un artículo de fe entre amplias capas del electorado. El anhelo no debiera sorprender. La inquietud que se convierte en ira no ha, ni mucho menos, desaparecido como conductor del sentir norteamericano.

Nada será igual

Contradiciendo el proverbio chino, al sabelotodo que señala las deficiencias de una democracia infectada por el populismo trumpista más le vale mirar su propio dedo. La epidemia ha socavado los pilares de nuestra cómoda certidumbre y todos los sistemas liberales muestran carencias. Se sabe que nada será igual pero no cuánta diferencia habrá entre la normalidad conocida y la que viene, que será distinta. Ni lo arduo que será el ajuste entre una y la otra. Trump perdió la presidencia porque su narcicismo negacionista le incapacitó a la hora de encarar el Covid. Otros malgastan el poder que tienen por la incompetencia que muestran en la gestión del virus. Angela Merkel anunció su marcha mucho antes de la crisis sanitaria, pero si siguen apareciendo mutaciones del Covid, ¿cuánto tiempo les resta a un Emanuel Macron, a un Boris Johnson o a un Pedro Sánchez?

La paradoja es que siendo tiempos para líderes fuertes y rompedores llega a la Casa Blanca un político conciliador y bien intencionado, tranquilo, anciano y, a veces, tartamudo. Puede que Biden sea el revulsivo que requiere una sociedad herida, dividida y asustada. Puede que cuando jure su cargo en lo alto de las escalinatas que anteayer ocupó la chusma, Biden encienda de nuevo esa antorcha del gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo que compartieron los Padres Fundadores.

La historia está poblada de sorpresas y es muy necesario que ahora nos asombre una que sirva para rectificar comportamientos. Posiblemente sea la última oportunidad para restaurar la decencia en la vida política. Si fracasa no habrá otras.

Fuente: Tom Burns Marañón, Expansión, 7 de Enero 2021

 

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